El desierto de la báscula
Verano, sol, piscina, playa, energía, alegría, celebraciones, amigos, terrazas… suena maravilloso, ¿verdad? Es la estampa idílica que todos vemos estos días al abrir las redes sociales, la Mallorca que el mundo entero viene a buscar en estas fechas. Pero, ¿qué pasaría si, de la noche a la mañana, tu realidad cambiara por completo? ¿Qué pasaría si tu verano se transformara de golpe en largas horas de entreno asfixiante, sed constante, hambre, dolor, soledad y un SACRIFICIO con mayúsculas?
Permítete reflexionar sobre las siguientes frases en cualquier ámbito de tu vida:
- ¿Cuántas veces has dejado de hacer algo que te apetecía muchísimo solo porque sabías que no debías?
- ¿Has sido capaz de frenar en seco por un objetivo mayor o te has dejado llevar sin que te importen las consecuencias?
Mi realidad es que, el próximo 18 de julio, me juego el cinturón de Campeón de España, y mi primera gran pelea no será contra mi rival sobre el ring; mi primera gran pelea, está siendo ahora mismo contra mi propio cuerpo, mi mente, contra las necesidades más primarias del ser humano para hallarme de frente contra el implacable juez de este deporte: la báscula.
La tortura de una gota de agua…
Vamos a jugar a un juego, quiero que cierres los ojos y que te pongas en mi piel por un segundo:
Imagina un día de verano extremadamente caluroso, aquí, en la isla. Sientes la humedad pegada a la ropa. El aire quema. Intentas abrir la ventana buscando un respiro, pero solo entra un soplo de aire asfixiante. Tienes una sequedad tan extrema en la garganta y en la boca que te cuesta hablar con normalidad; sientes que llevas el desierto del Sáhara por dentro y la garganta te llega a doler físicamente por la falta de hidratación.
Y ahora dime… ¿serías capaz de ver un vaso de agua fresquita, recién salida de la nevera, delante de ti y no dar ni un solo sorbo?
En el peso Súper Gallo cada gramo es un abismo. Dar el peso exacto en el boxeo profesional en pleno julio no es solo cuestión de dieta; es un proceso de deshidratación controlada donde un trago de agua a destiempo puede tirar por la borda meses de entrenamiento.
Entrenar al límite vistiendo sudaderas térmicas bajo el sol balear para exprimir la última gota de sudor de tu cuerpo, sabiendo que al terminar no habrá recompensa para tu sed.
Es obligar a la mente a resistir una tortura en contra del instinto más básico de supervivencia.
El rugido del estómago
Pero la sed no viene sola; viene acompañada por su aliada más fiel, el hambre. ¿Dejarías de comer una miguita de pan, sabiendo que hace días que no puedes probar bocado, cuando tu estómago, ya no solo ruge, sino que duele porque lleva jornadas enteras completamente vacío?
Cuando llega la noche, el silencio de la habitación se vuelve insoportable porque en él se hacen más llamativos los ruidos de tus propias tripas que el tráfico de los coches en la calle. Es ahí, en la oscuridad, cuando la mente empieza a jugar sucio. No puedes dejar de pensar en los restos del plato que dejaste sin terminar hace tres semanas en aquel restaurante, cuando comer aún no era una de tus preocupaciones diarias. Y es jodido, si me lo permites, sentir cómo te visita una culpa completamente irracional en ese momento. Te arrepientes con rabia de no haber comido más, de no haber disfrutado al máximo de cada sabor, de cada textura, cuando tenías la oportunidad. El hambre en una preparación de este nivel no es solo física; es una batalla mental que te persigue las 24 horas del día.
La mesa vacía
Pero supongamos que ya te habías mentalizado y estabas preparado para esta falta de bebida y comida, y es entonces cuando te das cuenta de lo más doloroso e insoportable: no es el dolor físico, no son las peleas contra tu mente y contra tí mismo, no… es LA SOLEDAD y la sensación de incomprensión.
¿Serías capaz de dejar de sentarte a la mesa con tu familia, tus amigos, tu pareja, cuando están todos reunidos celebrando, comiendo, riendo y disfrutando de la vida? ¿Cuando ellos, sin maldad alguna, te animan porque es una “excepción” en tu preparación y, total, por un día no pasará nada?
La realidad es que es muy tentador, y siendo honesto no siempre he sido fuerte. Pero este combate es diferente, esta preparación está siendo muy demandante y por eso, he hecho de tripas corazón y he tenido que ponerme la armadura para aprender a decir que no a esos momentos.
Y te reconozco que duele, duele profundamente, porque es una especie de envidia —y no de la sana, precisamente— que te invade al verlos disfrutar sin ningún tipo de remordimiento, limitación o control. Te pone de mal humor y te cabreas con el mundo porque sabes perfectamente el calvario que estás pasando y las semanas enteras que aún te quedan para volver a gozar de esos pequeños placeres que la mayoría de la gente da por sentados, no vivíendolos con la intensidad que debería:
Un vaso de agua, un trozo de pan, una cena compartida con tus seres más queridos sin que el cronómetro o la báscula dicten tu felicidad.
Esta semana mi reflexión está siendo…
Que a menudo romantizamos el éxito, las medallas o las noches de gloria en el ring, pero casi nunca nos paramos a mirar el proceso y el precio tan inhumano que se paga en la sombra. El público compra su entrada para el 18 de julio esperando ver un gran espectáculo, los focos, los gritos y las victorias… pero nadie ve los asaltos diarios que libramos en la más absoluta soledad contra el hambre, el cansancio, el calor, la soledad y la deshidratación.
El boxeo es el arte de la nobleza, pero también es el deporte de los que saben sufrir en silencio. Esta semana me he dado cuenta de que la verdadera disciplina no consiste en golpear fuerte; consiste en aguantar el castigo que te impones a ti mismo para ganarte el derecho a subir a ese ring bien preparado; para conseguir el tan preciado sueño de ser CAMPEÓN DE ESPAÑA.
Me cuesta pasar por esto, no porque vaya en contra de lo que soy, sino porque, aunque soy una persona fuerte, todo este proceso te hace sentir terriblemente vulnerable. Nunca antes me había expuesto tanto, nunca me había tocado hacerme tan transparente ante mí mismo y ante vosotros.
Pero cada vez que la garganta me quema y el estómago me duele, visualizo el Trui Teatre lleno, escucho el rugido de mi gente de Mallorca y recuerdo por qué elegí este camino. El sueño de ser Campeón de España vale cada gota de sudor, cada gramo sacrificado y cada mesa vacía.
Si tú también sabes lo que es sacrificarte al límite por un sueño y quieres apoyarme en esta locura, recuerda que puedes seguir y ser parte de este viaje a través de mi IG: @farlin_condori.
No te pierdas el próximo capítulo la semana que viene, donde os seguiré contando cómo avanza esta cuenta atrás hacia el 18 de julio.
La batalla continúa.
Un abrazo fuerte, familia.
Farlin.







